Hoy estaba en el micro, sube un vendedor de caramelos, de 50 años aproximadamente, dónde con su voz gruesa y fuerte te comienza a contar la (clásica) historia que fue un ex ladrón, recién salidito de Lurigancho, que no tiene cómo sobre vivir y que ya está reformado, en ese momento, mientras él hablaba, se me pasó por la cabeza (como siempre) si todo lo que decía era verdad ... y por primera vez me animé a sacar 10 centavos para colaborarle, sin importarme que si lo que decía era verdad, él se acercó, agarré un caramelo y le di los 10 centavos, y mientras pasaba por los demás asientos, bajé la mirada y comencé a ver la envoltura, porque lo acepto quería probarlo, y la envoltura solo tenía dibujado una fresa y decía hecho en Perú, luego espere a que se bajara, bajó, y es ahí donde al probarlo sentí ese sabor, ese sabor tan amargo, abandonado, resentido y marginado ... de la vida.
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